El amor en tiempos de cólera


¿Tiene sentido contar una historia de amor cuando el mundo está en turbulencia?
En estos días de cólera (no la epidemia infecciosa, sino la cólera de los coléricos), la realidad es tan abrumadora que uno busca nichos donde resguardarse de tanto estrago.
Tal vez por eso, la historia que comenzó a obsesionarme a comienzos del año pasado no tenía nada que ver con la guerra en Irán, ni con el tormento de Ucrania, ni con la tragedia de Gaza, ni con los delirios de Trump, ni con la rapacidad de Putin, ni con los crímenes de Netanyahu, ni con los devaneos de Milei, ni con ninguno de los sátrapas y bufones responsables de tanta calamidad.
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Era una anécdota simple, inspirada en una obra que había visto en el teatro muchos años atrás y que, por alguna misteriosa razón, volvía a rondarme la memoria.
¿Cuál podía ser la relación?
Noel Coward escribió Naturaleza muerta en 1935. Es una obra corta, perteneciente al ciclo Esta noche a las 8:30 que transmitía la BBC. En 1945, David Lean la llevó al cine con el título de Breve encuentro.
Las fechas no son casuales. El mundo en 1935 era tan inestable, tan lleno de oscuros presagios como el actual. En Alemania, el nazismo comenzaba a tomar control sobre todos los sectores de la sociedad. En Italia, las fuerzas de Mussolini invadían Etiopía, mientras que en la Unión Soviética, el asesinato de Sergei Kirov el año anterior servía de pretexto para la Gran Purga, que se desataría al año siguiente. En España, el gobierno liberal de Portela Valladares se derrumbaba, abriendo el camino a las elecciones del 16 de febrero de 1936, donde el triunfo del Frente Popular se convertiría en el preámbulo de la Guerra Civil.
En este contexto invisible, Coward situaba su pequeña historia de amor.
Los nubarrones de 1935 tienen la misma siniestra consistencia que los nubarrones de 2026 y la misma indiferencia de la sociedad frente a una catástrofe que parece inevitable.
Uno relee la historia de esos años y no puede evitar pensar que hay una historia grande y una historia chica. La historia grande es, naturalmente, la de los acontecimientos políticos y sociales que van configurando el futuro. La historia chica, en cambio, no modifica nada. Es la de los hombres y mujeres que viven la época tratando de sobrevivir, de trabajar, de crear, de cuidar de la familia, de distraerse y de encontrar un poco de esperanza entre tanto desaliento.
Breve interludio es mi obra número veintitrés. A lo largo de una carrera que comenzó en 1971 con el estreno de Crónica de un secuestro, mi teatro ha sido un permanente reflejo de mis obsesiones: la identidad, la injusticia, la mentira, el cuestionamiento de las ideologías, pero, sobre todo, la exploración del amor y la pasión.
Breve interludio trata, precisamente, de esto último: de la intersección entre el amor y la infidelidad, del descubrimiento de pasiones y sentimientos insospechados que aparecen inesperadamente en la vida de dos personas casadas y, presuntamente, felices, y cuyas consecuencias pueden ser devastadoras.
La confusión que este descubrimiento produce en los personajes tiene la intensidad de un terremoto. No hay debates ni referencias políticas, pero la obra transcurre en el presente y estoy seguro de que la realidad pesa sobre el ánimo de los personajes, aunque más no sea de una manera puramente subconsciente.
Esta es mi tercera colaboración con Mauro J. Pérez, un director joven y enormemente talentoso, que previamente dirigió Cita a ciegas y Tres mujeres audaces. El elenco no podría ser más apropiado: Mario Petrosini y Amanda Bond, dos actores cautivantes con los que ya había trabajado anteriormente.
Juntos armamos esta simple historia de amor que, como todas las cosas que presumen de simples, terminan resultando tan engañosas como un iceberg.
*Breve interludio se presenta los domingos, a las 18 en El Método Kairós (El Salvador 4530).
Fuente: www.perfil.com



